Hace unos meses, puedo decir que veía a las personas como hombre o mujer, o alguna etiqueta tenían que los distinguía del resto. Sin embargo, existen etiquetas poco acertadas y que tienden a juzgar más que a distinguir.
Nunca me han gustado las etiquetas de ningún tipo -ni positivas ni negativas- porque considero que un ser humano no se le puede describir en una sola palabra. Los seres humanos somos una exquisita mezcla de cualidades, y recientemente no logro hacer distinción entre hombre y mujer, tal vez no es que no lo logre, es simplemente que no me gusta. Prefiero ver el alma, los colores, la energía que emana una persona; independientemente de si es hombre o mujer, o de sus preferencias sexuales, políticas, estilo de vida; etcétera.
Si prestamos atención a los animales, estos nos tratan prácticamente como iguales; quieren jugar con nosotros y darnos de su cariño. Incluso son compasivos unos con otros, mientras que en esta sociedad la compasión se ha convertido casi en una utopía y el que se vean actos de bondad o amor desinteresados es algo raro; pero existen.
Y como ando con mi energía en sintonía con el Universo y con mi alma, veo a los seres humanos como seres de energía, de luz, de amor, de historias y batallas que desconocemos, seres que buscan una sonrisa para recordar que la vida es más que cumplir un horario de ocho horas para recibir un salario y pagar deudas.
¿Dónde quedaron los actos de bondad? ¿Dónde quedó el agradecimiento y la compasión sinceras? ¿Qué ha sido de la pasión por la vida? ¿Qué hay de esa rica sensación al brindar una mano a alguien que lo necesita?
¿En realidad necesitamos que alguien nos diga lo que le sucede para darnos cuenta?
Creo que entre yoga, meditación y esta vibra de energías que me rodean he llegado a ver la vida de forma tan distintamente rica, que cada cosa que sucede es bienvenida, que cada ser vivo que se cruza mi camino tiene algo que enseñarme o algo que dar; y así, con pequeños intercambios de luz, con pequeños regalos que no compra el dinero se puede tener un mundo mejor. Empezando por el mío y el de los que me rodean.
¡Namasté!


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