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Michelle & Evelyn



martes, 1 de octubre de 2013

Sentir...dejar ir

Todo se empezó a poner borroso, las voces y sonidos se alejaban, el tiempo pareció congelarse. El aire era
más frío y denso, difícil de respirar. No quería creer lo que venía, me negaba a lo que estaba sucediendo; era como una película que corría en cámara lenta frente a mis ojos. Mi mascota dejó caer su cabeza dando su último respiro, no pudo más. La veterinaria hizo todo lo posible por salvarlo, medicina, RCP, y nada de esto logró mantenerlo con vida.
Yo me dedicaba a respirar, a asimilarlo y mi concentración estaba en cómo decirle a mi hermanito. De pronto, volví a la realidad bruscamente. Todo sucedió muy rápido y no me dí el lujo de sentir, suprimí toda emoción para poder explicarle al niño de seis años que me acompañaba, en un esfuerzo por salvar a su mascota. Él lloró unos minutos y luego lo dejó ir. Yo, por mi parte, no quería sentir nada, al menos no todavía.

¿Por qué el dolor tiene que ser tan difícil? ¿Por qué le tenemos miedo? Creo que hemos permitido que se convierta en algo trágico y desagradable, pero ¿por qué no verlo como algo pasajero, por qué no lo dejamos salir?

Cuando experimentamos una pérdida, de cualquier tipo, que nos lleve a un lugar ya conocido tendemos a hacernos los fuertes y guardarnos todo adentro. Nos tragamos el nudo en la garganta y no lo dejamos salir, en ningún momento. Tortura, masoquismo, miedo, incertidumbre, etcétera. Diría que a lo que le tememos es al desastre que se pueda desatar. Sí, desastre, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar y nos aterra sentirnos expuestos, frágiles, sensibles; entonces creemos es mejor ponerse una armadura antidolor. Luego, nuestra mente, cuerpo y alma nos piden a gritos dejar ése dolor salir.

Es entonces cuando podemos plasmarlo de la manera más conveniente. Personalmente, me gusta dejarlo salir con lágrimas, que fluya y quede plasmado en tinta -ya sea sobre papel o en mi piel-. Y es que he aprendido que si nos guardamos todo, nos enfermamos; si queremos nuevas emociones hay que dejar ir las viejas. Nada es eterno, todo cambia. Los momentos agradables no son para siempre, mas tampoco lo son los momentos tristes o difíciles. El dolor nos ayuda a purificarnos, a ponernos en contacto con nuestro corazón.


Dejar al dolor fluir por nuestro ser y dejarlo salir es preciso y saludable, nos ayuda a crecer.. Dejar ir lo que amamos es duro, por lo que requiere un proceso, pero no nos neguemos el sentir dolor o tristeza, si embargo tampoco permitamos que ésta se quede en nosotros más del tiempo necesario.


Sentir es parte de estar vivos, no nos lo neguemos. Sentir. Dejar ir. Vivir.




¡Namasté!


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