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Michelle & Evelyn



jueves, 25 de julio de 2013

De grandes expectativas y otros demonios...

 
Recuerdo muy bien cuando tenía diecisiete años y en una clase de Estudios Sociales la profesora sacó a colación el tema de cómo nos vemos con veinticinco años. Yo fui de las primeras en opinar y dije que me veía casada, profesional y madre. También recuerdo vívidamente el comentario de un compañero que se reía de mis "sueños" y me decía que 25 años es muy temprano para ser padre o madre y que él lo consideraría cuando tuviera 30 años. Ese día se armó todo un debate que no viene al caso.



  Hoy, con veinticinco años, un mes y cinco días (¿quién lo está contando? jajaja) me parece que sí eran muy irrealistas mis expectativas, y no sólo eso, sino que me condicionaron en cierta forma a una vida de metas "fallidas" y etiquetas socio-culturales  aceptadas y aprendidas a través de los años y temporalmente inalcanzables debido a las circunstancias en que hice mi transición de la adolescencia a la edad adulta.

Ahora bien, he aprendido algo muy valioso conforme he ido creciendo, que espero no olvidar nunca,por el contrario, deseo hacer uso de este valioso conocimiento y traspasarlo a mis hijos e hijas (si es que decido ser madre).

¿Leyeron ese último renglón? He dicho, si es que decido ser madre. ¿Ven cómo cambian las cosas en menos de diez años? Cuando estaba en el colegio pensé que para mis veinticinco iba a tener casi que toda mi vida descifrada. Creía que tendría un diploma universitario y un trabajo estable con el cual podría proveerle alimento, educación y todo lo demás, a mi familia, la cual comenzaría para ese entonces o ya tendría alguna.

Lo cierto es que no ha sido así. Tengo veinticinco años, sí, pero aún no he sacado mi bachillerato universitario y todavía faltan unos cuantos años para eso. No tengo esposo, mucho menos novio, ni hijos a mi lado, lo cual no me deprime ni me hace sentir menos. Con los años y mi disposición genética desarrollé fibromialgia, por lo que tengo un tratamiento integral para poder recuperarme y vivir una vida sin dolor, y esto no me atrasa ni un poquito para disfrutar al máximo mis días.
Ahora valoro más mi cuerpo, mi mente y tomo de una manera más concienzuda decisiones con respecto a las cosas y personas que más me importan.
Y lo realmente increíble es que todas expectativas las he ido destrozando mentalmente para en su lugar reescribir mi historia y vivir plenamente. Amar plenamente y saborear cada instante del presente sin pensar ni por un momento en lo que pueda traer el futuro, porque cuando llegue ese es el instante apropiado para hacerme cargo de él. Namasté.

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