Ojos
cerrados, sintiendo el viento, los aromas y sonidos alrededor en mi clase de
yoga. Inconsciente de la distancia entre el suelo y la superficie en la que me
encuentro; un pie en sobre mi muslo formando un semi loto. Inhalo.
Exhalo. Piernas firmes que luego de unos instantes se vuelven tambaleantes.
Concentración. Cualquier pensamiento que robe mi calma y me desconecte de dónde
estoy en ese momento me hace caer. Respiro. Un pensamiento cruza mi mente de
forma pasajera pero quiere quedarse a distraerme de lo que hago, recuerdo que
debo intentar mantener el equilibrio en ésa posición a ojos cerrados, pero una
sensación de miedo invade mi mente al pensar en que puedo caerme y lastimarme.
Pierdo
el equilibrio y me caigo. Abro los ojos. Me dio cuenta de que la distancia
entre en mis pies y el suelo era mínima y sin embargo tenía la sensación de
estar en el balcón de un edificio de unos 20 pisos. Sonrío y lo intento de
nuevo, respirando mejor y concentrándome aún más en la función de cada tendón y
músculo en mi cuerpo. Logro mantenerme en la postura con ojos cerrados por unos
minutos. Salgo de la postura suavemente y coloco ambos pies sobre el suelo.
No
fue tan malo cómo mi mente me hizo creer en un principio. El caerme y haber
perdido el equilibrio por un instante me ayudó a recuperar el balance perdido;
me hizo sentir a cargo de la situación y no perdida.
¿Por qué es entonces, que nos aterra, nos da
pánico el perder equilibrio mientras estamos parados únicamente sobre un pie? Y
peor aún, a ojos cerrados. Diría que el temor a lo desconocido, el miedo a
enfrentar en dónde nos encontramos en realidad. Quizá intentemos terriblemente
tener control sobre todo, y el no poder ver en dónde tenemos nuestros pies, o
cuánto falta para tocar tierra firme, el pensar en qué pasa si me caigo, y en
todas las posibles formas en que podría caer y tocar el suelo…y lastimarme.
Todo esto lo resumiría en una palabra: miedo.
Miedo
a lo que no vemos, porque todo debe tener un camino claramente trazado, y si no
vemos una red de seguridad que nos vaya a sostener, cuestionamos todo lo que
podemos hacer. Miles de pensamientos empiezan a inundar nuestra mente ya
asustada, y terminamos cayendo porque le quitamos fuerza a nuestra base. Nos
distrajimos de dónde en realidad estábamos y nos adelantamos con suposiciones
al futuro. Así, en sólo unos instantes y de forma un tanto irreal, perdemos el
equilibrio y caemos.
¿Y
qué hay de “bello” en perder el equilibrio y caerse?
La
belleza de perder el equilibrio, ¡es el encontrar nuestro punto de equilibrio!
¿Ironía? Lo dudo. La necesidad de los opuestos en el universo para aprender a
apreciar las bellezas y el gozo en las pequeñas cosas.
¿El truco? Poner ambos pies en el suelo,
sentir en dónde estamos en ése instante, enfocarse en el ahora. Reconectarse.
Dejar ir. Sentir la paz que trae el respirar profundo, tranquilamente…sentir,
el gozo de caerse y levantarse nuevamente.
Namasté.
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