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Michelle & Evelyn



jueves, 16 de enero de 2014

Lo que me enseñó de la vida la muerte de mi doctor

Era un miércoles de diciembre en la mañana. Seguía medio dormida y en mi letargo matutino decidí no contestar mi teléfono celular que sonaba constante y estruendosamente en la mesa de al lado de mi cama.
Volví a cerrar los ojos. Cinco minutos después mi madre entró a la habitación para contarme que había llamado la clínica donde me veía con un reumatólogo: mi doctor había fallecido.

No lo podía creer. Mi doctor era un señor de no más de sesenta años. De voz baja, pasivo, un poco sarcástico y de mirada tranquila. No parecía alguien enfermo o de salud decayente.
Recuerdo una de las últimas cosas que me dijo; yo estaba quejándome de todo el género masculino cuando él me interrumpió para decirme que no podía tener esa actitud, que me quedaría sola con esa amargura.
Antes de que saliera por la puerta de su consultorio, me deseó que encontrara pareja ahora en diciembre y dijo que esperaba verme contenta y enamorada.

Mi doctor no me pudo ver en pareja. En diciembre entré en una relación amorosa, una que hasta la fecha ha cambiado mi percepción del amor (y del género masculino).

Y es que es tan corta la vida.

Podrá parecerles trillado, hasta cansón, pero nunca somos lo suficientemente agradecidos con Dios y la vida.
Nos quejamos de todo y todos. Dejamos manchar nuestros corazones con odios, rencores y pésimas ideas y sentimientos que a la larga de nada nos sirven.
Le pasamos de largo a las tardes cálidas y frescas, ignoramos los atardeceres, vivimos para trabajar en lugar de trabajar para vivir, y nos llenamos de cosas que no necesitamos.

El día que supe del fallecimiento de mi doctor, decidí tomar un pequeño riesgo: me compré ese helado de chocolate que pecaminosamente se exhibía ante mí en un anuncio en el centro de San Ramón. Esa pequeña tentación que siempre resistía por las calorías, por la dieta, en fin, por todo lo que una persona pueda poner de excusa para no "pecar".
Decidí que ese pequeño ritual de comerme el helado de chocolate sería mi pequeño tributo para honrar la vida de quien fue mi consejero, mi doctor y mi amigo. Uno más de los míos.

Al final del día comprendí que en realidad ese ritual se queda corto. Todos los días tenemos que vivir en grande.
El poeta Horacio decía: "Carpe diem, quam minimum credula postero." Dicha expresión en castellano vendría a significar: "Aprovecha el día, no confíes en el mañana." ¡Y qué tan cierto es eso! Es el hoy al que tenemos que sacarle jugo, el mañana no lo tenemos seguro, no sabemos si llegará.
Es hoy que debemos aventurarnos, aprender, crecer, reír, sentir, y hasta llorar, si es necesario.
El mañana no le pertenece a nadie. Es el hoy; son esos instantes que corren presurosos a nuestro lado. Esa inmensidad que tiene escrita en su frente las palabras:  EL MOMENTO PRESENTE.

Para concluir, un detalle de mi historia con el doctor que aprendí a las semanas... Mi doctor no tuvo una muerte natural. Él se quitó su propia vida. No sé ni el por qué ni el cómo lo hizo y no me interesa.
Sus palabras y su paternal forma de ser es todo lo que me queda de él y lo que llevaré siempre en mi corazón.
Mi amigo, donde quiera que estés, pienso en ti y te agradezco eternamente por haber cambiado mi vida.

En memoria de Duncan Manley Fredrich

4 comentarios:

  1. hola me parecio muy agradadble como hablas de duncan yo lo conoci, mii madrina estubo viviendo con duncan como 18 años fui una vez a pasear a su casa y me parecio q era una buena persona

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  2. Hola! Duncan fue una persona increíble y me ayudó muchísimo.
    Además, fue un excelente doctor. Es realmente una lástima que lo perdiéramos.

    Saludos!

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  3. Extraordinario Doctor,fuí su paciente por aproximadamente 13 años,me encantaba su puntualidad y sus temas de conversación.Supe de su muerte a través del televisor,casi me infarto,no lo podía creer.Siempre lo recuerdo.

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