Es diciembre, época de consumismo…a
veces un tanto incontrolable. Y es que con tanta publicidad, tantos productos
innecesarios a la venta, me parece olvidamos lo realmente importante de la
vida. Y no voy a hablar del espíritu de
la navidad porque me parece irrelevante y van a haber muchos que lo hagan.
Quiero escribir sobre lo simplemente
bello de la vida.
Hacía mucho no visitaba una finca.
La sencillez de la vida, el tráfico casi inexistente y ver el cielo repleto de
estrellas por las noches, porque no hay tantas luces artificiales que iluminen.
El escuchar más animales y casi ningún auto, el verme rodeada de árboles,
montañas y césped. Y de gente trabajadora. ¿Consumismo? Diría que nulo. La
simpleza de la vida.
¿Por qué la ambición por obtener
más objetos materiales es más fuerte que el dedicarnos un tiempo para
simplemente respirar? ¿Desde cuándo el capitalismo cambió nuestro modo de ver
la vida? Porque bien es cierto que tanto intercambio comercial de cierta forma
mejoró la vida de la sociedad (hasta cierto punto) pero a la vez nos desconectó
de apreciar lo simple de la vida.
¿Quiénes no han preferido pasar la
tarde mirando una pantalla (de televisor, celular, computadora, tableta) en
lugar de salir afuera y simplemente sentir la brisa fresca, respirar y mirar
hacia el cielo; contemplar las nubes?
A veces, damos por un hecho que los
detalles simples de la vida son los más ricos, los que nada reemplaza. Y es que
ser ricos no tiene que ser de dinero, ser ricos debe ser de conocimiento,
experiencias, amor, vida. Sentirnos bien en todos los planos posibles. Poder
apreciar un cielo despejado no solamente porque no llovió ese día, sino porque
queremos ver el tono del cielo.
Es difícil saber cuánto tiempo nos
queda en este cuerpo físico, pero sí podemos vivir cada minuto que podamos,
para que cuando llegue el último no nos lamentemos que nos faltara más vivir.
Por supuesto, nadie quiere morir, creo que es algo en lo que evitamos pensar o
preferimos ignorar, como si nunca fuera a suceder; la verdad, es que un
parpadeo puede acabar. Por eso, lo ideal sería vivir –y cuando digo vivir me refiero a hacerlo plenamente,
con todos los sentidos- disfrutando lo simple de la vida.
¡Namasté!

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